Los chalecos amarillos en Francia: un movimiento de masas autogestionado con aires de insurrección

Kevin B. Anderson

Resumen: Los hechos acontecidos en Francia, un país desarrollado industrialmente desde la casi revolución de 1968, han traído consigo un aroma a revolución alcanzando niveles insospechados, poniendo en duda también las contradicciones de clase, raza, género y organización del movimiento. Publicado por primera vez en New Politics — Editores

Spanish translation originally appeared here.

La ira de los trabajadores franceses como algo tangible

Después de semanas llenas de rumores en las redes sociales, el movimiento de los chalecos amarillos (Gilets Jaunes, en francés) emergió de repente el 17 de noviembre, cuando 300.000 protestantes ocuparon carreteras y plazas tanto en las afueras como en áreas rurales. Llevaban puesto el chaleco reflectante que todo conductor debe llevar en su coche por ley, convirtiéndolo de forma instantánea en el emblema del movimiento. Durante dos semanas, los chalecos amarillos también se adentraron en el corazón de París, bloqueando los dorados Campos Elíseos hasta casi alcanzar el palacio presidencial. Desde el principio, el número de mujeres participantes en las ocupaciones locales y en las marchas callejeras fue inusualmente notable. Además, los chalecos amarillos ahuyentaron a muchos políticos, incluyendo algunos de la izquierda francesa, que visitaron las zonas de protesta.

El 17 de noviembre y durante varias semanas de protestas masivas, las multitudes manifestantes tuvieron que enfrentarse a la brutalidad policial típica del régimen francés, ante lo que levantaron barricadas en los Campos Elíseos y atacaron el Arco del Triunfo y las tiendas de lujo. Entre los eslóganes que dejaron en las paredes y se gritaban entre las multitudes, podían escucharse lemas como «Derrocar a la burguesía», en referencia a la dimisión inmediata del presidente neoliberal Emmanuel Macron; y, «Hemos cortado cabezas por menos que esto», haciendo referencia a la Gran Revolución de 1789 (Alissa J. Rubin, «French Protestors Chide Macron», New York Times 12/3/18).

Pero junto a esta ira candente no apareció el nihilismo de la destrucción pura, sino las aspiraciones sinceras de un futuro más humano; lo que en términos dialécticos se conoce como lo positivo en lo negativo. Como declararon los chalecos amarillos de Saint-Nazaire en noviembre: «Nuestro objetivo no es destruir, sino todo lo contrario, construir un mundo más humano para nosotros y para las generaciones futuras… La solución está en nosotros mismos, trabajadores, desempleados y pensionistas de todos los orígenes y de todos los colores» (Gilets Jaunes: Des clés pour comprendre https://www.syllepse.net/syllepse_images/gilets-jaunes-des-cles-pour-comprendre.pdf).

Desde la casi revolución de 1968, Francia —o cualquiera de los llamados países capitalistas occidentales— no ha vivido nada parecido a una serie masiva, espontánea y nacional de manifestaciones militantes que, además de obtener un apoyo mayoritario, lograron bloquear algunas partes cruciales de la economía, como las refinerías de petróleo, y poner a todo el gobierno a la defensiva. «Un aroma a revolución flotaba en el aire», tal y como se comentaba entre los militantes de la extrema izquierda («Une situation excellente?») Plateforme d’Enquêtes Militantes 12/6/18 http://www.platenqmil.com/blog/2018/12/06/une-situation-excellente). Asimismo, cabe señalar que durante el año 1968, a pesar de que Francia contaba con una población menor que la actual, se vivió una situación mucho peor, llegando a involucrar a múltiples sectores de la sociedad, con diez millones de trabajadores en huelga y casi todas las principales instituciones económicas y educativas ocupadas por trabajadores o estudiantes. No debemos olvidar los levantamientos iniciados en los guetos de afroamericanos y latinos de los Estados Unidos durante los años sesenta y posteriores, ni las manifestaciones similares de los últimos años en Francia y Reino Unido emprendidas por la población de color perteneciente a las clases sociales más empobrecidas. Sin embargo, es la primera vez, desde 1968, que estalla en un país capitalista desarrollado un movimiento insurreccional de masas, como el de los chalecos amarillos, formado principalmente por una mayoría blanca proveniente, en gran parte, de las zonas más rurales del país.

El gobierno francés, claramente agitado, se vio obligado a ceder. A pesar de haber prometido con cierta ligereza, tanto en su campaña de 2017 como en la posterior, no ceder a la presión de la calle; Macron se vio obligado a retroceder de forma parcial y a acceder a algunas de las demandas de los manifestantes.

El contagio cruzó las fronteras de Francia: Bélgica experimentó huelgas masivas de nuevos trabajadores militantes contra las políticas de austeridad. Mientras, la férrea dictadura del General Abdel Fattah al-Sisi de Egipto se apresuró a prohibir la venta de chalecos amarillos como medida de precaución.

El movimiento de los chalecos amarillos se desencadenó por el aumento del impuesto de la gasolina previsto para 2019, que habría afectado especialmente a los trabajadores pobres y a las clases medias-bajas fuera de los principales centros urbanos. Estos sectores de la población dependen cada vez más de sus automóviles para trabajar y realizar otras actividades vitales en una economía cada vez más deslocalizada. Mientras tanto, el mecanismo estatal centralizado ha enfocado sus iniciativas de transporte público, entre los principales centros urbanos, en el llamativo tren de alta velocidad, provocando un deterioro en las líneas de autobuses y trenes locales.

Inicialmente, el gobierno y los medios de comunicación internacionales presentaron la protesta como un enfrentamiento

entre los agravios económicos de algunos campesinos y el desmesurado objetivo ecológico del gobierno de Macron de desalentar el uso del automóvil. Algo que simplemente consiguió enfurecer aún más a los chalecos amarillos y a la mayoría de los franceses; en especial, debido a que Macron fue públicamente acusado como «el presidente de los ricos». A medida que aumentaba el impuesto sobre la gasolina, reducía el impuesto a las fortunas (ISF) para los más ricos, resultando en que «cada una de las 100 personas más ricas del país recibía el equivalente a un millón de euros (1,14 millones de dólares) en forma de reducción de impuestos» (Paul Elek, «El volcán popular ha vuelto», Transform! Europe 12-8-18 https://www.transform-network.net/en/blog/article/the-popular-volcano-is-back/ ). O, como dijo el ecologista marxista Andreas Malm: «Si alguien necesitaba otra lección sobre cómo no mitigar el cambio climático, puede dar las gracias a Emmanuel Macron. Quítale los impuestos a los más ricos, y luego sube los impuestos sobre los combustibles… Las políticas climáticas del capitalismo… siempre asegurándose de que toda carga recaiga sobre los hombros de los más pobres» («A Lesson in How Not to Mitigate Climate Change», Verso Blog 12-7-18) https://www.versobooks.com/blogs/4156-a-lesson-in-how-not-to-mitigate-climate-change ).

La lista de peticiones del movimiento y su carácter sociopolítico

Para el 29 de noviembre, se habían enviado varias «directivas del pueblo» al gobierno, yendo mucho más allá de la derogación del impuesto sobre el combustible. Muchas de estas demandas reflejaron cuál era la inclinación de la clase obrera o izquierdista. Algunas de ellas fueron: (1) revocar la reducción del ISF para los ricos, (2) elevar el salario mínimo, (3) asegurar las prestaciones de jubilación para todos, (4) limitar los salarios de los representantes electos en función de los ingresos nacionales medios, (5) asegurar que los solicitantes de asilo reciben un trato adecuado, (6) proporcionar trabajo a los desempleados, (7) establecer un límite de 25 alumnos por clase en todos los niveles de educación escolar (8) garantizar jubilación completa a los 60 años, y a los 55 para los trabajos físicos más pesados, (9) concentrar a la población y promover el transporte ferroviario de mercancías por razones ecológicas, (10) detener el cierre de las líneas de trenes de cercanías, las oficinas de correos y las escuelas. Otras demandas eran de carácter más proteccionista o nacionalista: (1) que grandes cadenas como McDonald’s o Google paguen impuestos más altos, y los pequeños comercios o los artesanos paguen impuestos más bajos, (2) que se proteja a la industria francesa, (3) que se prohíba la venta de bienes nacionales como reservas naturales o aeropuertos, (4) que se repatríe a aquellos que soliciten asilo y no lo obtengan, (5) que se garantice una mejor integración de todos los habitantes franceses, quienes deberán conocer necesariamente la lengua e historia del país (Robert Duguet, «Les Cahiers de Doléances», en Gilets Jaunes: Des clés pour comprendre, París, Éditions Syllepse, diciembre de 2018 https://www.syllepse.net/syllepse_images/gilets-jaunes-des-cles-pour-comprendre.pdf ).

Sin duda, es un error clasificar a los chalecos amarillos como un movimiento conservador preocupado exclusivamente por la subida de impuestos e indiferente ante el deterioro del medio ambiente, especialmente desde que se pasaron a la izquierda en las semanas siguientes a su irrupción en escena el 17 de noviembre. De la misma manera, es un error destacar únicamente los elementos más progresistas de sus demandas y otras articulaciones.

Las demandas más preocupantes de los chalecos amarillos tienen que ver con la repatriación de los asilados rechazados y con cómo convertirse en «francés», ambas con un cierto aire racista. No es de extrañar de un país en el que la neofascista Marine Le Pen consiguió el 34 % de los votos en las elecciones nacionales de 2017; con niveles aún más altos en muchas zonas rurales. Como señala Cédric Durand, «En este movimiento se encuentran cohabitando, en medio de una gran confusión, sentimientos de izquierda y sentimientos de derecha, una gran masa de gente con poca experiencia política, activistas anticapitalistas y fascistas» («Le fond de l’air est jaune», Contretemps: Revue de Critique Communiste 12-11-18 https://www.contretemps.eu/gilets-jaunes-macron/ Citaré extensamente tanto a escritores con un punto de vista francés, como escritores con un punto de vista global, con el fin de dar una idea sobre un debate que todavía está en curso sobre la naturaleza y el significado del movimiento de los chalecos amarillos).

Como observó la Plateforme d’Enquêtes Militantes, de extrema izquierda, durante las protestas del 8 de diciembre en París: «Aparecieron nuevas consignas, como «Paris/Burguesía/Rendíos», «No echéis a los inmigrantes, devolvednos el dinero», e incluso el [canto de] La internacional; pero a su vez, algunas consignas eran más ambiguas o posiblemente de naturaleza derechista». El artículo de la Plateforme también menciona el «trabajo realizado en las últimas cuatro semanas por grupos antifascistas responsables de la expulsión de grupos que aclamaban ser de la extrema derecha»; incluyendo una referencia explícita a «la presencia significativa de jóvenes de los suburbios en los disturbios», aludiendo así a las comunidades de personas de color y de origen árabe que normalmente habitan en las periferias empobrecidas de París («Macron ne lâche rien, le gilets jaunes non plus!» 12-13-18 http://www.platenqmil.com/blog/2018/12/13/macron-ne-lache-rien-les-gilets-jaunes-non-plus).

El 28 de noviembre, el Comité Adama, en la declaración contra el racismo y el asesinato policial, Los barrios populares junto a los chalecos amarillos, afirmó: «Los barrios populares se enfrentan a los mismos problemas sociales que las zonas rurales o periurbanas… se ven afectados por la política hiperneoliberal de Macron… También tardamos varias horas en coche para llegar al trabajo… Además, en algunos barrios nos enfrentamos a un 40 % de desempleo… A estas desigualdades sociales se les suman el racismo, las humillaciones cotidianas y la violencia policial. Esta violencia también la experimentan los chalecos amarillos… No estamos cediendo el terreno a la extrema derecha, y reafirmamos nuestra posición contra el racismo… Llamamos a todos los residentes de los barrios populares a salir juntos y luchar por su dignidad el 1 de diciembre» (Gilets Jaunes: Des clés pour comprendre).

A pesar de algunas contradicciones, el impulso general del movimiento de los chalecos amarillos ha sido progresista: contra el neoliberalismo, contra la desigualdad económica, contra el Estado francés centralizado, y a favor de la democracia de base. Además, ha surgido fuera de los centros urbanos, en las mismas partes de Francia donde los neofascistas han obtenido gran parte de su apoyo. Veamos en mayor profundidad su composición social.

El peligro del Lassalleanismo

Las clases sociales, como los chalecos amarillos, que se movilizaron, no eran las típicas representaciones de izquierda, al menos a ojos de los altos cargos de la izquierda global. Estaban mayormente formadas por población rural, autónomos o trabajadores de empresas pequeñas, por lo que los marxistas ortodoxos podrían fácilmente catalogarlos dentro de la despreciable «pequeña burguesía», ya que los ven como la base popular de los movimientos reaccionarios y fascistas.

Esta forma distorsionada de verlo, cuyas raíces se remontan al movimiento socialista alemán de Ferdinand Lassalle, se muestra como una tendencia rival a la de Marx, pero se convirtió en una importante influencia fundadora de la Segunda Internacional (Socialista). Los lassalleanos consideraban a todas las fuerzas fuera de la clase obrera industrial como «una masa reaccionaria». Para Marx, esto era una distorsión del Manifiesto Comunista, donde él y Engels declararon que «de todas las clases que se enfrentan a la burguesía hoy en día, solo el proletariado es una clase revolucionaria». Sin embargo, Marx y Engels no querían despreciar el potencial revolucionario de otras clases no gobernantes y, por lo tanto, en su Crítica al Programa de Gotha, Marx respondió: «¿Es que en las últimas elecciones se ha gritado a los artesanos, a los pequeños industriales, etc., y a los campesinos: Frente a nosotros, no formáis, juntamente con los burgueses y los señores feudales, más que una masa reaccionaria? (Marx, Crítica del Programa de Gotha, 1875, Cap. 1 https://www.marxists.org/archive/marx/works/1875/gotha/ch01.htm).

El lassalleanismo forma una parte importante del origen intelectual del «obrerismo» clasista reduccionista que sigue existiendo en algunas variedades del trotskismo. También está ligado a cómo un gran número de liberales estadounidenses declaran que las áreas rurales pueden ser descartadas debido al cambio demográfico (optimistas) o que estas áreas continuarán controlando el Senado y, por lo tanto, arrastrarán al gobierno permanentemente a la derecha a pesar del voto popular (pesimistas). Pero, como muestra el movimiento de los chalecos amarillos dramáticamente, las áreas rurales nunca han sido monolíticas, ya que la población rural también sufre bajo el peso del capitalismo, ya sea en su etapa de monopolio de hace un siglo (lo que dio lugar a los populistas izquierdistas de EE. UU.) o en su etapa neoliberal de hoy (lo que ha dado lugar a los chalecos amarillos).

Además, si se está pensando en una verdadera revolución social en oposición a la política electoral, o en golpes fascistas como una posibilidad real, incluso en repúblicas democráticas antiguas; se tiene que pensar también en cómo se podría superar el núcleo duro del Estado, es decir, el aparato militar-policial. En ese caso, hay que tener en cuenta que, en la mayoría de las sociedades, el grueso de los militares procede de las zonas más rurales y que en numerosas ocasiones, desde la Comuna de París de 1871 hasta los levantamientos democráticos chinos de 1989, se enviaron tropas de las zonas rurales periféricas para aplastar el movimiento. Lo lograron en gran parte porque el movimiento revolucionario no había logrado extenderse a esas zonas rurales, algo que Marx señaló después de 1871 con respecto a la Comuna de París de Francia. De no ser así, esas tropas se habrían pasado con mayor facilidad al lado de los revolucionarios, como ocurrió en Rusia en 1917. En países como Estados Unidos, hay más probabilidades de que se produzca un golpe fascista que una revolución social. Pero es una razón más para meditar por qué la izquierda necesita salir de los centros urbanos, y así interactuar y ganarse los sectores de la población cuyos hijos e hijas se incorporan a las fuerzas armadas en cantidades mayúsculas.

Esto no quiere decir que los grupos de clase media baja (pequeños burgueses) y las poblaciones rurales de los grupos étnicos dominantes (que no son miembros de grupos minoritarios oprimidos, al contrario que la población rural de color en Estados Unidos o los kurdos en el Medio Oriente) han formado a veces la base social del populismo derechista y el fascismo, como lo han demostrado teóricos de la talla de León Trotsky y Erich Fromm, pero tal posicionamiento es producto también del estado de formación de las ideas y subjetividades revolucionarias en coyunturas históricas específicas, algo que nosotros, como izquierdistas revolucionarios, no podemos controlar, pero en lo que sí podemos influir o ayudar a moldear.

La composición social del movimiento

En el contexto de Francia y otros países capitalistas industrialmente desarrollados de hoy, ¿qué significa que los chalecos amarillos son más rurales, más de clase media y más blancos que otros movimientos radicales recientes? Como señala la Plateforme d’Enquêtes Militantes: «En primer lugar, la composición social del movimiento. Este nuevo levantamiento se caracteriza por la movilidad descendente de las clases medias y las clases sociales en proceso de proletarización. Ciertamente, están presentes los estratos familiares de funcionarios, trabajadores de servicios, asalariados de las cuencas industriales y estudiantes, pero toda una serie de otros segmentos sociales que luchan por llegar a fin de mes parecen estar a la vanguardia de la dinámica: empleados de pequeñas y medianas empresas, comerciantes, artesanos y la creciente plétora de nuevas formas de trabajo independiente y precario. La unidad de esta diversidad social, más allá del rechazo a Macron y su política centrista (sea de derecha o de izquierda), radica en un sentimiento generalizado de haberse hartado [ras-le-bol], anclado en la materialidad de las condiciones de vida. La violencia de la movilidad descendente para algunos, la dureza del trabajo para otros; los que ven cómo se derrumban sus derechos sociales o los que nunca los tuvieron; a los que de repente el futuro les parece mucho más oscuro de lo que esperaban, y los que crecieron con un horizonte de expectativas en retroceso» («On a Ridgeline»: Notes on the ‘Yellow Vests’ Movement», Viewpoint Magazine 6-12-18, https://www.viewpointmag.com/2018/12/06/on-a-ridgeline-notes-on-the-yellow-vests-movement/).

Otro aspecto nuevo y poco comentado es la gran presencia de mujeres entre los chalecos amarillos: «Las mujeres también están en las rotondas y bloqueos, encabezando las manifestaciones y actuando como portavoces. Se las puede ver en televisión dando al movimiento una imagen poco habitual, ya que son los hombres los que normalmente hablan durante los movimientos sociales. Las mujeres con chalecos amarillos también denuncian las condiciones sociales que se les imponen; son las primeras víctimas de la precariedad, el desempleo y de las horas extra obligatorias. Todas son una fuerza vital para el movimiento» («Nous sommes le peuple», Gilets Jaunes: Des clés pour comprendre https://www.syllepse.net/syllepse_images/gilets-jaunes–des-cles-pour-comprendre.pdf ).

El sociólogo rural Benoît Coquard amplía este punto: «En mi opinión, ha ocurrido algo notable: Había casi tantas mujeres como hombres, aunque, como es típico, especialmente en las zonas rurales, son los hombres los que asumen las funciones públicas. Me atrevería a decir que las mujeres tomaron la iniciativa de crear las reuniones públicas. Muchas veces, he visto por aquí a madres solteras divorciadas o a jóvenes solteras que se ganaban la vida precariamente » («Qui sont et que veulent les’gilets jaunes‘», entrevista en Contretemps 23/11/18 https://www.contretemps.eu/sociologie-gilets-jaunes/).

Los principales medios de comunicación oscurecieron este hecho, a pesar de que las mujeres también fueran golpeadas por la brutal represión policial; así lo mencionó el filósofo Frédéric Lordon: «Mientras que France Info nos alimentó hasta reventar con imágenes de las ventanas del hospital de Necker y de un McDonald’s en llamas, ninguna noticia del mediodía del pasado lunes [3 de diciembre] nos había informado del asesinato de una mujer de ochenta años con una lata de gas lacrimógeno» («El fin del mundo», Verso Blog, 7 de diciembre de 2018 https://www.versobooks.com/blogs/4153-end-of-the-world ).

También debemos pensar en cómo la clase obrera ha cambiado a lo largo de las décadas del capitalismo neoliberal. Ya no existe la clase obrera de 1968, con sus gigantescas fábricas y sus poderosos sindicatos, desde luego ni en Francia ni en otros países industrialmente desarrollados; como señala Jean-François Cabral: «La realidad se ha vuelto más compleja. Los que eran proletarios se han convertido en empresarios autónomos, ¿todos junto a los dueños de empresas pequeñas que tienen que ensuciarse las manos? ¿Eso supone un problema?» («Des gilets rouges aux gilets jaunes: la classe ouvrière introuvable?») Gilets Jaunes: Des clés pour comprendre).

Problemas que no afectan solo a Francia. Lo que más notable de los chalecos amarillos es el surgimiento de un movimiento contra la riqueza concentrada y su redistribución, así como un sinnúmero de otras demandas progresistas; en un país que estaba preocupado en 2017 por una victoria electoral neofascista y donde tanto el racismo y el sentimiento antinmigrante, como el sexismo, se encuentran niveles significativamente altos. Sin duda, los chalecos amarillos no son un movimiento anticapitalista, pero parecen ofrecer algunas posibilidades reales para una izquierda de masas que abarque a todos los trabajadores, sin importar su raza, género o nacionalidad.

Comparaciones y contextos

¿Cómo podemos contextualizar a los chalecos amarillos según los recientes levantamientos y movimientos populares de todo el mundo?

Varios comentaristas han relacionado las protestas espontáneas y sin líderes de los chalecos amarillos con las que se han producido desde las revoluciones árabes de 2010-11, cuando las masas tunecinas y egipcias derrocaron a sus autócratas. Estos a su vez inspiraron a Occupy, a los Indignados españoles y a otros movimientos similares fuera de Oriente Medio. Se echa en cara a los que todavía piensan en términos de arriba y abajo sobre los movimientos radicales. El anarquista David Graeber a la luz del repentino surgimiento de los chalecos amarillos, de la «horizontalidad» como sustituta de los «viejos modelos ‘verticales’ o vanguardistas de organización»; añade que los «intelectuales» necesitan «hablar menos y escuchar más». («Los ‘chalecos amarillos’ muestran lo mucho que se mueve el suelo bajo nuestros pies», Brave New Europe, 11 de diciembre de 2018 https://braveneweurope.com/david-graeber-the-yellow-vests-show-how-much-the-ground-moves-under-our-feet). Es cierto que muchos movimientos revolucionarios, desde la toma de la Bastilla en 1789 hasta los que expulsaron a varios tiranos árabes en 2011, no han tenido liderazgo y han sido horizontales.

Sin embargo, el argumento de Graeber tiene dos limitaciones importantes. (1) Sigue dirigiéndose a la izquierda, dándole lecciones y sin dialogar con los movimientos reales, como se ve en el hecho de que no cita un solo eslogan o voz de las protestas francesas, o cualquier otro para el caso. Contrasta eso con nuestra tradición marxista-humanista, que ha publicado clásicos como el Corazón indignado: Diario de un trabajador negro, de Charles Denbyque registra las palabras de los que provienen de las capas más profundas de los oprimidos, y donde no solo se describe y celebra el levantamiento de las masas desde abajo, sino que también lo analiza en forma de crítica. (2) Lo que es más importante, Graeber se esfuerza por negar la acusación de que los chalecos amarillos son nihilistas o reaccionarios, simplemente los celebra sin plantearse cuestiones críticas que los intelectuales, los teóricos y los miembros de organizaciones radicales necesitan hacerse para apoyar de verdad tales movimientos. Por ejemplo, la Plaza Tahrir era un magnífico ejemplo de subjetividad revolucionaria horizontal, pero al mismo tiempo, los elementos genuinamente revolucionarios no tuvieron la oportunidad de construir sus organizaciones o de desarrollar una perspectiva teórica realmente lúcida. Esto dio como resultado su oscilación entre, por un lado, aliarse con la Hermandad Musulmana conservadora, o por el otro, con los militares nacionalistas pero autoritarios (Gilbert Achcar, Síntomas mórbidos: Recaída en el alzamiento árabe, Stanford University Press, 2016). Sin embargo, esto no significa que Graeber se equivoque al considerar los chalecos amarillos como parte de la tradición revolucionaria que comenzó en 2011 y en la que desempeñó un papel tan crucial en Occupy Wall Street.

Un segundo contexto para los chalecos amarillos que no se ha notado mucho es el vínculo con otros levantamientos rurales contra la opresión económica durante el año pasado. En Oklahoma y Virginia Occidental, los profesores estadounidenses realizaron huelgas militantes y masivas la primavera pasada, logrando algunas victorias importantes. Las mujeres estuvieron al frente de muchas de estas huelgas, que tenían como objetivo un salario tan bajo que los profesores tuvieron que buscar un segundo empleo para sobrevivir. Por su parte, los sindicatos de profesores se vieron más arrastrados por los acontecimientos que en la posición de liderar estas huelgas. El hecho de que la militancia docente estallara más masivamente en estos estados predominantemente rurales que habían votado abrumadoramente por Trump mostró que esas áreas tenían posibilidades radicales más allá de la imaginación de los izquierdistas y liberales que todavía estaban bajo el hechizo del paradigma lassalleano discutido anteriormente. Como concluye la investigadora de educación Lois Weiner, «los movimientos de los profesores están sentando las bases para un nuevo movimiento laboral en el Sur» («Walkouts Teach U.S. Labor a New Grammar for Struggle», New Politics 65, verano de 2018).

Un análogo menos discutido, pero aún más apto para los chalecos amarillos, se puede encontrar en las protestas iraníes y los disturbios en las zonas rurales del invierno pasado. A finales de diciembre de 2017 y hasta enero de 2018 se produjeron una serie de violentos levantamientos en 80 pequeñas ciudades y zonas rurales que se creía que eran la base política del régimen islamista. Como escribió en su momento un corresponsal anónimo desde el interior de Irán: «Las protestas se expandieron horizontalmente, cubriendo la mayoría de las ciudades del norte, sur y oeste de Irán. Las ciudades pequeñas y los lugares más alejados del centro, que antes de este movimiento eran bastiones del gobierno, se están amotinando. Fue asombroso ver cómo grandes cantidades de personas en pequeñas ciudades del oeste de Irán, que no estaban activas en crisis políticas en el pasado, salían a las calles. En estas ciudades el tiempo entre la protesta callejera pacífica y la toma de los centros del gobierno y el incendio de los mismos fue muy corto» (Un marxista iraní, «Levantamiento de Irán después de cinco días», Marxista-Humanista Internacional» 1-3-18 https://imhojournal.org/articles/iran-uprising-five-days/ – ver también los artículos de ese mes de Mansoor M, Ali Kiani, y Ali Reza). Al igual que en Francia, zonas del país a menudo tildadas de «reaccionarias» pasaron a la vanguardia de las protestas que se debieron principalmente a agravios económicos: salarios en declive o impagados, desempleo, corrupción y favoritismo, y una mala gestión ecológicamente desastrosa de su suministro de agua. Si bien los derechos de la mujer no fueron un tema explícito en las protestas y disturbios, algunas manifestaciones importantes de mujeres contra el velo se produjeron durante el mismo período. Muchos de los residentes urbanos que habían apoyado las anteriores protestas contra el régimen se quedaron atónitos, e incluso suspicaces, al no apoyar los nuevos levantamientos en las zonas rurales.

El movimiento de los chalecos amarillos también tiene una resonancia particularmente francesa, a veces con matices nacionalistas. Por otro lado, recordemos que se trata de un país cuyo sistema republicano moderno fue fundado a través de una de las grandes revoluciones sociales de la historia, la de 1789. Esa revolución propició tanto la aparición de un sistema democrático moderno que permitiese a los grupos laborales y socialistas organizarse y una nueva forma de sociedad de clases, el capitalismo, acompañado de explotación y opresión. Recordemos también que esa herencia «republicana» —especialmente la bandera tricolor y el himno nacional «Marsellesa»— ha sido utilizada, al menos desde la revolución rusa de 1917, más por el centro y la derecha que por la izquierda, que ha llevado la bandera roja y ha cantado la «Internacional». Además, la izquierda ha evitado —por buenas razones— la mayor parte del lenguaje del «pueblo» en favor del de la «clase obrera» o «clases populares». Por eso, fue un poco chocante para la izquierda francesa presenciar las protestas contra los ricos y contra el deterioro de las condiciones económicas acompañadas del canto de la «Marsellesa», el ondear del tricolor y las referencias al «pueblo» francés, especialmente cuando esas mismas protestas llamaban a la revolución y a veces incluso a la guillotina. A menudo, la izquierda moderna también ha tendido a mirar con recelo los movimientos locales contra los impuestos.

Pero como nos informa el historiador Gérard Noiriel, la resistencia local al Estado por parte de los campesinos y otras clases populares tenía una larga tradición en los siglos anteriores a 1789. En muchos casos esa resistencia se convirtió en la oposición a los impuestos reales: «Las luchas contra los impuestos han desempeñado un papel extremadamente importante en la historia popular francesa», es decir, las luchas de las clases populares francesas prerrevolucionarias; por ejemplo, los campesinos y los artesanos. Durante muchos años, esto fue subsumido bajo los movimientos laborales y socialistas que apoyaban un estado más fuerte y que canalizaban la ira de clase en una dirección reformista («Gilets jaunes et les ‘leçons de l’histoire», en Gilets Jaunes: Des clés pour comprendre; ver también Richard Greeman, «Self-Organized Yellow Vest Protest Movement Exposes Inequality and Hollowness of French Regime», New Politics Online 12-3-18 http://newpol.org/content/selforganized-yellow-vest-protest-movement-exposes-inequality-and-hollowness-french-regime).

En lugar de sacar conclusiones precipitadas, dado el cambio del capitalismo neoliberal y, más recientemente, el floreciente populismo de derechas y el neofascismo en los EE. UU., Francia, Italia, Alemania, Hungría y otros lugares; son temas que debemos tener en cuenta y debatirlos.

Es sorprendente que, hoy en día y contando con que el discurso marxista y socialista ya no domina la vida intelectual francesa ni juega un papel importante en el discurso público, y tiene aún menos influencia fuera de los centros urbanos, un movimiento haya adoptado (y adaptado) los relatos que los ciudadanos reciben en las escuelas públicas, que todavía cubren los orígenes revolucionarios de la república.

Eso no hace que los chalecos amarillos sean un movimiento reaccionario, como se puede ver por su contenido y contexto social. En cambio, es un movimiento que expresa un tipo de ira y energía revolucionaria que podría realmente sacudir el país mientras que, al mismo tiempo, como muchas otras fuerzas sociales hoy en día, enfrenta el peligro de la seducción de la extrema derecha.

Un asunto que preocupa al movimiento del chaleco amarillo es que Macron o incluso el neoliberalismo, no es el problema en última instancia, sino el propio capitalismo. Es un sistema que desde hace algunas décadas no ha podido elevar o siquiera mantener el nivel de vida que las masas lograron, en parte a través de sus propias luchas laborales y sociales, en los años 1945-75. Pero en este sentido, los portavoces de izquierda como Jean-Luc Mélenchon de France Unbowed (o Bernie Sanders en EE. UU. o Jeremy Corbyn en el Reino Unido) tampoco ofrecen soluciones reales, sin contar con la falsa ilusión de un retorno al capitalismo de bienestar keynesiano.

Si los chalecos amarillos han logrado algo, ese algo ha sido exponer a Macron como un último reducto del neoliberalismo, del tipo «libre mercado» que rechaza el nacionalismo à la Trump y cree firmemente en la Unión Europea.

La cuestión de si un movimiento verdaderamente revolucionario basado en una sólida base teórica, que podría surgir en Francia o en cualquier otro lugar, sigue siendo la misma.

Pero los chalecos amarillos han abierto por lo menos una brecha, se han expuesto ante al pueblo francés y el mundo, mostrando que la autogestión de las masas trabajadoras no solo es el arma más poderosa que hemos tenido históricamente, sino que permanece a la espera, afilada y lista para atacar. La pregunta es, ¿en qué dirección y con qué fin?

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