La revolución de Sudán de 2019. En el cruce de caminos entre África y el mundo árabe

Kevin B. Anderson

La revolución del Sudán no sólo es árabe sino también africana en un sentido distinto a los levantamientos árabes de 2011. El antiguo régimen combinó el islamismo y un racismo de carácter arabista junto con un gobierno militar, dando lugar a un movimiento revolucionario joven, democrático, multiétnico y feminista que ha logrado algo parecido al poder dual – Editores

The article has been translated into Spanish by Ada de Blas and Pablo Muyo Bussac. The Spanish translation first appeared here.

English original

El levantamiento sudanés ha ido aconteciendo de manera lenta pero decidida desde el pasado diciembre. En abril se derrocó a Omar al-Bashir que llevaba tres décadas en el poder. Desde abril, el levantamiento se ha atrincherado ante la represión armada y ha frustrado los repetidos intentos de mantener el régimen de Bashir en el poder bajo otra apariencia.

Al mismo tiempo, los compromisos que la dirección revolucionaria ha hecho con el antiguo régimen pueden provocar una muerte lenta del movimiento, desilusionando a las bases. Hasta ahora, sin embargo, esas bases han permanecido pacientes y decididas y es el régimen el que se ha visto obligado una y otra vez a ceder terreno. Tan profunda y amplia es la oposición a tres décadas de régimen de Bashir que incluso el ejército y las milicias del régimen han mostrado durante meses cierto disenso dentro de sus filas y de ciertas partes del cuerpo de oficiales, poniendo límites a las acciones de sus altos mandos y amenazando con el colapso del régimen. El resultado ha sido un estancamiento, una reminiscencia del poder dual. Queda por ver cuánto tiempo puede mantenerse esta situación.

Pero independientemente del resultado final, no debemos pasar por alto el hecho de que la gran sentada, en la que participaron cientos de miles de personas durante siete semanas esta primavera, mostró una forma creativa de democracia directa que ofrecía una alternativa tanto al autoritarismo nacionalista como al islamismo, corrientes que siguen teniendo gran influencia en la región. El estudio del caso sudanés es particularmente interesante debido a que la ideología oficial del régimen comprendía tanto islamismo como nacionalismo militarista. Esto provocó que, a diferencia de Egipto, Túnez, Siria o Libia en 2011, la oposición sudanesa se desarrollara de manera independiente de estas dos fuerzas de opresión. Por el contrario, el movimiento egipcio derrocó a Mubarak con el apoyo de los Hermanos Musulmanes y después a Mohamed Morsi, miembro de los Hermanos, a través de los militares nacionalistas, algo que condenó fatalmente a la revolución y allanó el camino para el férreo dominio del general Abdel Fattah el-Sisi. (Esta relativa sofisticación de la oposición sudanesa se analiza en el incisivo artículo de Gilbert Achcar “La caída del ‘Morsisi’ de Sudán”, Jacobin, 14 de abril de 2019).

Sudán, África y el mundo árabe: una cultura e historia distintivas

Cuando el Sudán estalló, los levantamientos árabes de 2011 parecían haberse extinguido. En Siria, el régimen asesino de Bashar al-Assad estaba a punto de vencer a los rebeldes, mientras que Egipto parecía sumergido en un silencio sepulcral bajo el gobierno de Sisi. El caso sudanés es sugestivo de que las aspiraciones de libertad y emancipación del pueblo tan sólo estaban sumergidas en la clandestinidad.

Como proclamó Karl Marx tras la derrota de las revoluciones de 1848, una serie de revoluciones democráticas de naturaleza regional, a menudo comparadas con las revoluciones árabes de 2011, “¡La revolución está muerta! ¡Larga vida a la revolución!”

A la agitación de diciembre de 2018, le siguió en febrero un levantamiento popular igualmente masivo en Argelia. Ambas sublevaciones, aparentemente inesperadas, perturbaron con toda seguridad el sueño de los gobernantes de la región. Mientras se escribe este artículo, ha estallado un gran levantamiento en el Líbano, y Egipto vive disturbios en sus calles. Este fervor continúa incluso en un momento en el que las potencias mundiales y regionales tratan de dividirse la región para sus proyectos de explotación imperialistas/subimperialistas, cuyo ejemplo más trágico se puede observar en la forma en que tanto los Estados Unidos como Rusia dieron luz verde a la invasión, la represión y los intentos de “limpieza” étnica de las regiones autónomas del norte de Siria dominadas por los kurdos.

Pero sería un error situar al Sudán de lleno en el contexto del mundo árabe, y sus contradicciones, sin tener en cuenta la dimensión subsahariana del país.

Examinemos un instante este factor y varios otros que dan a la política y la sociedad sudanesas un carácter distintivo, a veces en contraste con otros países de la región del Oriente Medio y el África septentrional. En primer lugar, el Sudán es un país árabe con una identidad africana mucho más marcada -a pesar de que los militares gobernantes se nieguen a reconocerlo – que sus homólogos norteafricanos como Egipto, Libia, Túnez o Argelia. Esto significa que los acontecimientos en Sudán no sólo han impactado en -y sido impactados por- el mundo árabe, sino también el África subsahariana de formas que no han vivido las otras revoluciones árabes de 2011. El indicador más evidente de este hecho es la forma en que el Primer Ministro de Etiopía, Abiy Ahmed Ali, pudo mediar entre la oposición y los sucesores posibles de Bashir de entre los principales líderes militares. Abiy Ahmed, ganador del Premio Nobel de la Paz de este año, tiene raíces en la comunidad Oromo, el grupo étnico más grande y tradicionalmente oprimido de Etiopía, predominantemente musulmán. Bajo su administración, que llegó al poder por un cambio en la cúspide tras años de disturbios de los de abajo, el sistema político autoritario se ha abierto, y ha negociado la paz con la vecina Eritrea tras décadas de guerra y tensión.

Las olas que emanaron de estos grandes cambios a través de la frontera con Etiopía impactaron en Sudán, el cual se ha abierto económicamente a su vecino del sudeste. Recientemente, los lazos comerciales entre Sudán y Etiopía han aumentado notablemente. Sudán está empezando a importar electricidad producida por las presas situadas en las tierras altas de Etiopía, en los ríos que desembocan en el Nilo. Esto ha acercado a ambos países, atrayendo a su vez la atención de Egipto, que mantiene una actitud precavida frente a cualquier alteración del flujo del Nilo o de sus afluentes. Al mismo tiempo, Sudán se ha convertido en los últimos años en el mayor inversor en Etiopía, junto con China.

Como señaló recientemente el aclamado escritor sudanés Jamal Moujib:

En el límite del mundo árabe, el país siempre ha anhelado reconocimiento. Su carácter es único. Los vínculos históricos nos unen, étnica y culturalmente, a nuestros vecinos africanos del sur y del oeste. Durante los decenios de 1960 y 1970, hubo varios intentos de definir, a través de la poesía, este singular patrimonio cultural, reuniendo estos elementos africanos y árabes. No obstante, esto fue olvidado con carácter general en épocas posteriores. El Islam siempre fue parte de la cultura, pero sólo parcialmente. El simbolismo que surgió de la revolución lo ha demostrado claramente, haciendo referencia explícita a la historia preislámica del país y a la cultura matriarcal nubia, personificada por la figura de “Kandaka”, la reina madre. Todo esto se encarnó en la imagen que se hizo viral de una joven mujer, Alaa Salah, encaramada en un auto y dirigiendo los cánticos en una protesta…

(“Pour éviter le desastre, le Soudan doit repartir de zéro”, Le Monde, 20-21 de octubre de 2019).

El canto era el siguiente, con cada verso finalizando con la palabra “Thawra [Revolución]”:

Sus sinsentidos (Revolución)

Nos quemaron en nombre de la religión (Revolución)

Nos mataron en nombre de la religión (Revolución)

Nos encarcelaron en nombre de la religión (Revolución)”

En segundo lugar, el régimen de Bashir perpetró abiertamente un genocidio contra algunas de sus poblaciones minoritarias que tenían fuertes vínculos con África, en un esfuerzo por “arabizar” el país. Las guerras genocidas llevadas a cabo por Bashir y la mayoría de sus predecesores entre las décadas de los 70 a los 90 tuvieron como objetivo a la población africana, en su mayoría no musulmana, de lo que hoy es el Sudán meridional, que se separó para formar un país independiente en 2011. (Esa nueva nación rica en petróleo ha nacido muerta, en medio de horribles luchas de los señores de la guerra en el seno de sus líderes políticos). Durante los largos años de la guerra del Sudán contra el Sur, murieron en torno a dos millones de personas como resultado de las matanzas y hambrunas, en medio de un contexto de esclavitud masiva y de violencia sexual contra la población del sur. Más tarde, en la primera década de nuestro siglo, el régimen de Bashir perpetró otro genocidio contra la población de la región de Darfur, predominantemente musulmana pero no árabe, que se había atrevido a oponer resistencia a su condición racial de segunda clase. Bashir subcontrató la represión a las brutales milicias Janjaweed, las cuales se autoremuneraron mediante el pillaje y cometieron violaciones y asesinatos en masa, con un número de muertos estimado en 400.000 personas. Durante esos mismos años, el régimen también atacó a los pueblos nuba de las provincias de Kordofán, de nuevo un grupo étnico principalmente musulmán pero identificado como africano, matando a decenas de miles de personas. Estos tres genocidios -en el Sudán meridional, Darfur y los montes Nuba- pusieron de manifiesto, entre otras cosas, el hecho de que el racismo contra la población negra no se limita a las sociedades europeas y norteamericanas. Al mismo tiempo, esto empujó a la oposición democrática a aceptar el carácter multiétnico del país, a fin de luchar contra un régimen cuya base ideológica radica en gran medida en las interpelaciones racistas a la mayoría identificada como árabe.

En tercer lugar, el régimen de Bashir utilizó una forma de islamismo vinculada a los Hermanos Musulmanes como ideología de legitimación desde que llegó al poder en 1989. Esto condujo a una brutal represión de cualquier ejercicio de autoexpresión de las mujeres, como pudo comprobarse en las flagelaciones públicas de cientos de mujeres y niñas por violar los “adecuados” códigos de vestimenta al vestir con pantalones y prendas similares. Al comienzo, Bashir llegó incluso a coquetear con Al Qaeda, pero tras los ataques del 11 de septiembre de 2001 ofreció cooperar completamente con los Estados Unidos contra esa forma terrorista de islamismo internacional, al tiempo que mantenía en el interior del país una dura dictadura teñida de religión. Tres décadas de ideología islamista, que sirvió de velo para la dictadura, alienaron a la población de cualquier forma de islamismo, dando a la revolución de 2019 un carácter más explícitamente secular y feminista que sus homólogos árabes de 2011.

Cuarto, además de esta historia del islamismo, Sudán tuvo una vez una gran izquierda marxista, dominada por un Partido Comunista pro-ruso, de forma que las ideas socialistas parecen persistir hoy en día entre algunos sectores intelectuales y la clase obrera.

Invierno 2018-2019: el levantamiento se construye

A finales de diciembre del 2018, a raíz de que Bashir pusiera fin a los subsidios del trigo y del combustible debido a la presión de las instituciones financieras internacionales, empezaron a congregarse las multitudes en varias ciudades, primero por centenares y luego por millares. Esto incorporó al movimiento demandas de naturaleza económica además de las democráticas, algo que consolidó el apoyo de la clase trabajadora. El 26 de diciembre una huelga general ilimitada en todo el país fue declarada por la clandestina Asociación de Profesionales Sudaneses (APS), una gran red de sindicatos de abogados, ingenieros, maestros, periodistas y médicos, muchos de estos últimos ocupando puestos de liderazgo. Creada hace unos años, la APS llamó la atención desde sus comienzos sobre los bajos salarios, y continúa actualmente exigiendo un salario mínimo en un contexto de pauperización masiva, además de defender reivindicaciones político-democráticas.

Los partidarios externos de Bashir en la región -Qatar, Arabia Saudita, Egipto y los Emiratos Árabes Unidos, entre otros- trataron de apoyarle lo mejor que pudieron. En una extraña jugada, Bashir, que raramente podía aceptar invitaciones internacionales debido a la acusación de genocidio de la Corte Penal Internacional, visitó Damasco donde fue abrazado por Assad. La foto de los dos líderes sanguinarios juntos en la víspera de la caída de Bashir no tiene precio.

A mediados de enero de este año, las protestas diarias sacudían el país. El Dr. Babiker Salama, de 27 años, se convirtió en uno de los primeros mártires de la revolución el 17 de enero, cuando fue asesinado a sangre fría mientras pedía a los agentes de la autoridad que le permitieran evacuar a un hombre herido. El régimen intentó, sin éxito, culpar de su muerte a los “comunistas”. En febrero, Bashir reorganizó todos los ministerios, declaró el estado de emergencia y prometió no presentarse a las elecciones de 2020, todo ello en vano.

Abril: los generales expulsan a Bashir

El 11 de abril, Bashir fue expulsado por su propio ejército y puesto bajo arresto domiciliario. La semana anterior, cientos de miles de personas había seguido manifestándose, muchas de ellas acampadas frente al cuartel general del ejército nacional en Jartum, donde Bashir vivía en un recinto altamente vigilado. Cuando la situación alcanzó dimensiones críticas, algunos soldados se acercaron a la gente, enfrentándose a otros que querían atacar a los manifestantes. En ese momento, la notoria milicia Janjaweed, rebautizada como Fuerza de Respuesta Rápida en los últimos años, fue llamada a patrullar la capital, una vez más sin éxito. Sin embargo, Sara Abdelgalil, portavoz de la APS, desdeñó la expulsión de Bashir: “Lo que se acaba de escenificar es para nosotros un golpe de Estado, y no es aceptable” (New York Times, 12 de abril de 2019). Exigieron un gobierno totalmente civil mientras las calles hervían al son del cántico: “Cayó una vez, puede caer otra vez”. Muchos soldados rasos se solidarizaron con los manifestantes.

A lo largo de las semanas siguientes los manifestantes permanecieron en gran número fuera de los cuarteles del estado mayor, después de que la APS emitiese una serie de demandas específicas que incluían la purga de amplios sectores del Estado, del ejército y del aparato legal. La APS también exigió que no se precipitaran en convocar las elecciones antes de que se hubiera establecido un gobierno provisional compuesto exclusivamente por civiles y que la sociedad civil sentase las bases para su reconstrucción tras tres décadas de represión. El régimen post-Bashir se concentró en torno a algunos de los generales más antiguos, aunque el comandante janjaweed Mohamed “Hemeti” Hamdan Dagolo ejercía una influencia muy importante, si no el verdadero poder dentro de las fuerzas armadas.

Las potencias regionales reaccionarias como Arabia Saudita, los Emiratos Árabes Unidos y Egipto anunciaron de inmediato su apoyo al renovado régimen militar y los reinos del petróleo también prometieron nueva financiación.

En mayo: florecimiento de la democracia y la liberación en medio del estancamiento

Desde mediados de abril hasta el 3 de junio, una auténtica democracia directa floreció en las calles de Jartum y otras ciudades, mientras los manifestantes se negaban a ceder y los militares eran incapaces de dar una respuesta. En Jartum, multitudes de hasta 500.000 personas inundaban las calles las 24 horas del día, muchos acampando en la plaza frente al cuartel general.

“Pan y dignidad” era el cántico del momento, y “todo el poder para los civiles, que se vayan los militares, o huelga general” su versión más política. Las mujeres siempre ocupaban la primera línea, con mucha más presencia que en las revoluciones árabes de 2011, y la juventud también iba a la cabeza. Incluso el consumo abierto de alcohol se convirtió en una declaración de liberación. En lo que fue sobre todo una revolución de la juventud, las parejas jóvenes se cogían de la mano mientras caminaban, un acto penado bajo la dictadura militar islamista de Bashir. Durante este período, la comunidad LGBTQ sudanesa también se expresó online, aunque sin poder mostrarse abiertamente todavía.

Los grupos étnicos oprimidos, incluidos los darfuríes, llegaron a Jartum en trenes para unirse y celebrar el fervor revolucionario. Los representantes de Darfur ocuparon un lugar prominente a las puertas del cuartel general militar, sosteniendo pancartas que mostraban la destrucción genocida que Bashir y Hemeti habían perpetrado en su región y desmintiendo así el epíteto racista de “esclavo” que las fuerzas de Bashir habían arrojado sobre este autodenominado pueblo africano.

El académico y activista africano Magdi el Gouzouli ofrece una vívida descripción de esta nueva sociedad que estaba gestando en el seno de la antigua:

Como forma de organización de la protesta, la sentada de la qiada tuvo un gran éxito, probablemente más allá de las expectativas de los involucrados. Mientras duró, fue un lugar donde la mayoría de las mujeres y hombres jóvenes hicieron realidad sus reivindicaciones de convertirse en auténticos ciudadanos. Las transacciones en efectivo fueron la excepción en la sentada de la qiada, ya que los manifestantes crearon una economía propia concebida en torno al instinto socialista de “de cada uno según su capacidad y a cada uno según su necesidad”. La alimentación, la atención médica, los servicios de salud pública, la seguridad y el transporte se organizaron de manera voluntaria y demostraron ser notablemente resistentes. Una pequeña epidemia de gripe, conocida como el “resfriado de qiada” preocupó a los manifestantes, pero por lo demás la sentada masiva no registró ninguna otra crisis sanitaria gracias a unas medidas de salud pública sólidas y eficaces. Desde fuera, los sudaneses expatriados aportaron fondos y equipos de tecnología de la información, y organizaron protestas solidarias en las capitales occidentales.”

Gouzouli informó de que la efervescencia no se limitó a la plaza, sino que se extendió igualmente a los comités de barrio, constituyéndose un poder dual:

“El curso de la revolución sudanesa está por ahora en manos de los “comités de resistencia”. Algunos han reivindicado la autoridad local en sus barrios, derrocando a los mezquinos autócratas de los “comités populares” de la era de Bashir, y, en un afán emancipador, están reconstituyendo las microautoridades. La pregunta sigue siendo, ¿serán capaces de traducir este afán en una acción política masiva capaz de hacer frente a las brutales maquinaciones del Estado sudanés?” (“Sudan’s Season of Revolution”, Review of African Political Economy, 5 de julio de 2019).

En ciertos contextos, Hemeti y otros líderes militares trataron de usar el viejo truco de Bashir de pedir la aplicación de “la Sharia” para crear un supuesto orden y estabilidad frente al “caos” revolucionario en las calles. Sin embargo, la defensa de esta postura en las calles recibió una respuesta contundente. Tal como relató el académico africano Gérard Prunier el 28 de abril, algunos remanentes del partido de Bashir, ya disuelto, se congregaron haciendo un llamamiento para que la “Sharia” fuera el fundamento de cualquier nuevo gobierno. Antes de que el evento pudiera ir más allá, fueron atacados y sus líderes estuvieron a punto de ser linchados por las multitudes revolucionarias. Una semana después, el viernes 3 de mayo, un imán se acercó a la multitud y comenzó a predicar contra la mezcla “prohibida [haram]” de los sexos durante la gran sentada. En una respuesta que mostró cuán profunda era la oposición a tres décadas de control social ejercido por los islamistas, una multitud de personas lo agarró y silenció, lo empujó fuera del gentío y lo escoltó de vuelta a su mezquita. Muchos señalaron también cómo se descubrió que en la residencia del “piadoso” Bashir había 350 millones de dólares en efectivo en un momento en que el precio del pan se había triplicado para la población común. (“Au Soudan, le rejet des ‘marchands de religion’ au pouvoir”, Le Monde, 9 de mayo de 2019).

Achcar explica el contexto político:

En Sudán, la oposición popular a ambos campos reaccionarios es tanto más radical en la medida en que éstos llevan compartiendo el poder desde el golpe de Omar al-Bashir en 1989. Como jefe de una dictadura militar aliada con los Hermanos Musulmanes (la relación no siempre fue fácil), Bashir era una especie de mezcla entre Morsi y Sisi. Una característica clave del levantamiento sudanés, más políticamente radical que cualquier otro en el mundo de habla árabe desde 2011, es su abierta oposición tanto al dominio de los militares como de sus aliados fundamentalistas, así como su deseo declarado de instaurar un gobierno civil, laico, democrático e incluso feminista (“Las estaciones después de la primavera árabe”, Le Monde Diplomatique, versión inglesa, junio de 2019).

La sentada pacífica en Jartum fue cuidadosamente organizada, con voluntarios llevando a cabo registros y cacheos de todos aquellos que entraran en la zona para impedir la introducción de armas. Los propios participantes autoorganizaron la gestión de las necesidades básicas como el agua potable y los servicios de higiene. Varias unidades militares se encontraban cerca y mujeres manifestantes se dirigían a los jóvenes soldados tratando de persuadirles de unirse a la revolución, diciéndoles, entre otras cosas, que ésta representaba más oportunidades educativas y un mundo mejor para todos. Por la noche la multitud bailó al son de la música de los DJs.

Durante el mes de mayo, algunos ataques armados a pequeña escala se producían todavía de forma ocasional contra las barricadas instaladas por los manifestantes. Por entonces, la APS había pasado a formar parte de una gran coalición, las Fuerzas de la Libertad y el Cambio (FFC), que incluía una amplia gama de grupos, desde el moderado Partido Islámico Umma hasta el Partido Comunista y los nacionalistas árabes, pasando por los sindicatos y las asociaciones profesionales. Algunas de estas facciones apoyaban la adopción de más compromisos con los militares que la APS, pero se siguió expresando la demanda general de un gobierno completamente civil. A finales de mayo se celebró una huelga general de dos días con un alcance limitado sin que se llegara a paralizar el transporte en Jartum. La timidez de huelga se debió en parte a la presión ejercida dentro del FFC por viejos partidos políticos como el Partido Nacional Umma de Sadiq Al-Mahdi, que quería que se convocasen elecciones lo antes posible. Esta táctica de convocatoria rápida de elecciones, también propuesta por los militares y que habría favorecido a las viejas organizaciones ya establecidas, fue rechazada con éxito por la APS dentro del FFC.

En junio: el levantamiento continúa ante la masacre

A principios de junio, se montaron pequeñas manifestaciones contrarrevolucionarias al lado de la gigantesca sentada, en las que se cantaba “Poder al Islam [Islamiya]” y “Poder a los militares [Askariya]”. También afirmaban estar en las calles “para oponerse a los comunistas”, una alusión al hecho de que el Partido Comunista era parte del FFC. La multitud revolucionaria respondió con el canto “Poder para los Civiles [Madaniya]”. Uno de los generales de Hemeti también dijo a los medios de comunicación que la sentada era una reunión de “prostitutas y traficantes de hachís” (Jean-Philippe Rémy, “‘Askariya!’, ‘Islamiya!’: amenaza sobre el movimiento democrático en Soudan”, Le Monde, 2 de junio de 2019).

Las bien orquestadas masacres del 3 de junio fueron llevadas a cabo por la Fuerza de Respuesta Rápida, los antiguos Janjaweed bajo el mando de Hemeti. Jartum y otras grandes ciudades sufrieron la dispersión de sus sentadas con disparos, palizas, violaciones y, al menos en Jartum, el lanzamiento de cuerpos al Nilo. El número de muertos fue de al menos 35. Esa misma noche, la RSF hizo una redada en las casas de los líderes de la oposición, pero la mayoría escapó y pasó a la clandestinidad, protegida por el vasto apoyo que la revolución gozaba entre las masas.

Según informó Fergal Keane para BBC News el 2 de julio, unas semanas después, “desde que las protestas estallaron a finales del año pasado, las redes de inteligencia del Estado lucharon por penetrar en las estrechamente unidas comunidades de activistas. Sin importar cuántos arrestos se llevaran a cabo, siempre parecía haber alguien esperando para tomar el relevo.”

Las fuerzas de la RSF también irrumpieron en la Universidad de Jartum, colindante con el lugar la sentada, destruyendo preciados archivos y robando cualquier cosa de valor. Esta universidad había sido durante décadas un centro de marxismo, donde los estudiantes marxistas a menudo se enfrentaban a los leales de los Hermanos Musulmanes. Después del golpe de Bashir en 1989, los marxistas fueron llevados a la clandestinidad. La universidad ha estado cerrada por huelgas desde enero, pero los estudiantes y profesores habían estado dando clases gratuitas abiertas al público en tiendas de campaña durante la sentada. Según el periodista francés Jean-Philippe Rémy, una de las últimas clases públicas antes de la masacre trató sobre “la eficacia de una huelga general y de una campaña de desobediencia civil” (“L’opposition soudainaise entre en clandestinité”, Le Monde, 12 de junio de 2019).

La RSF creó aún más indignación al atacar los hospitales de Jartum, obligándolos a cerrar en el mismo momento en que se registraron 35 personas muertas y 650 heridas.

El tipo de brutalidad que los genocidas Janjaweed habían llevado a cabo en Darfur ahora regresaba a casa, a Jartum.

Movilización masiva y compromiso

Los regímenes reaccionarios de la región apoyaron inicialmente a los generales, y los saudíes y los emiratíes prometieron 3.000 millones de dólares al régimen, enviando también equipamiento militar. La gente podía saber quién apoyaba al régimen por el marcado de los vehículos blindados en los que viajaba la RSF mientras mataba y brutalizaba a la población. Aunque el General egipcio Sisi también apoyó abiertamente al ejército, África en su conjunto reaccionó de manera diferente. El futuro Premio Nobel Abiy Ahmed Ali de Etiopía llegó para ofrecer mediación, presionando efectivamente al régimen para que cediera terreno. Además, la Unión Africana suspendió la membresía de Sudán el 6 de julio.

Como demostrarían los acontecimientos, la revolución estaba lejos de estar muerta en aquel momento, pues la masacre parecía enfurecer y galvanizar a la población más que intimidarla. El 30 de junio, las multitudes inundaron las calles de las principales ciudades en gigantescas manifestaciones, las más grandes desde el comienzo de la revolución, en las que llegó a participar hasta un millón de personas a pesar de los intentos de los militares de detener el flujo de asistentes bloqueando carreteras y puentes, y deteniendo a los líderes de los movimientos que conseguían encontrar. El 30 de junio fue el trigésimo aniversario del golpe militar de Bashir en 1989. Sin embargo, el cántico que dominó el 30 de junio de 2019 fue “Todo el poder para los civiles”.

La manifestación del 30 de junio se organizó casi en secreto desde abajo. Según el periodista francés Rémy:

Durante días, los comités vecinales tomaron el control a la par que se suprimía el acceso a Internet y se comenzaba a monitorizar las llamadas telefónicas. Los planes para las marchas locales1 se organizaron en secreto. Estos grupos, en vez de reunirse en un único lugar, lo cual los hubiera expuesto a una dispersión inmediata, se organizaron como marchas locales arrancando desde de las casas de los asesinados el 3 de junio para honrarlos. … Por la tarde, la consigna de los organizadores era que los manifestantes se reunieran en el palacio presidencial, donde la sentada se había llevado a cabo en primavera, pero se les impidió cruzar los puentes hacia el centro de Jartum” (“Trente ans après le coup d’Etat, les Soudanais exigent ‘tout le pouvoir aux civils'”, Le Monde, 2 de julio de 2019).

En ese momento también salieron a la luz profundos desacuerdos dentro del ejército regular por parte de los suboficiales que se oponían a la brutalidad de la RSF.

Pocos días después, el 5 de julio, los dirigentes militares y de las FFC anunciaron repentinamente las líneas generales de un compromiso político. Los líderes militares y civiles compartirían el poder durante un período de transición de 39 meses. Fueron los revolucionarios quienes exigieron un período tan largo para que fuera una verdadera transición, con tiempo suficiente para redactar una nueva constitución y dar a los nuevos partidos políticos el tiempo necesario para organizarse. Evidentemente, tenían en mente el ejemplo de Egipto, donde una transición demasiado rápida dio el poder primero a los autoritarios, aunque bien organizados, Hermanos Musulmanes, y seguidamente a los militares, aún más autoritarios. Aparentemente preocupados por la magnitud y la persistencia de las movilizaciones masivas, los aliados externos del régimen, como Arabia Saudita y los Emiratos Árabes Unidos, empezaron a presionarlo para que se comprometiera. El compromiso estaba lejos de lo que los revolucionarios habían estado exigiendo. Incluso el asesino Hemeti permanecería en el poder, aunque se prometió una investigación -si bien no una de carácter internacional- de la masacre del 3 de junio.

Grupos de izquierda, incluido el Partido Comunista, denunciaron el acuerdo por conceder demasiado al régimen. La Coordinación General de Desplazados de Darfur (DDGC) declaró: “la finalidad de este acuerdo también consiste en bloquear la realización de los objetivos de la revolución: derribar el régimen, enjuiciar a sus criminales, lograr la libertad, la paz y la justicia, establecer un gobierno dirigido por civiles, resolver las guerras civiles del país y restablecer los derechos de los desplazados y los refugiados” (citado en Emma Wilde Botha, “The Revolution has Emerged: Sudan’s Acute Contradictions”, Review of African Political Economy, 5 de septiembre de 2019). Las manifestaciones masivas continuaron, con miles de personas acudiendo el 13 de julio, cuarenta días después del 3 de junio, una fecha simbólica de conmemoración a los fallecidos. Haciendo un llamamiento para que el castigo de los responsables de la matanza del 3 de junio, el 13 de julio las multitudes llenaron todas las ciudades principales. Asimismo, estallaron grandes manifestaciones el 30 de julio, después de que cuatro estudiantes fueran asesinados por la RSF.

El 3 de agosto, los militares y el FFC acordaron una declaración constitucional, firmada el 17 de agosto. En ella se preveía un gobierno de transición compuesto por dirigentes militares y civiles, incluyéndose un órgano legislativo integrado por representantes de los movimientos prodemocráticos, los grupos rebeldes de las minorías étnicas del país en Darfur y las Montes Nuba y los partidos políticos existentes, con la excepción del Partido del Congreso Nacional, prohibido por Bashir. El FFC debía elegir un nuevo primer ministro. La declaración constitucional establece un estatus político de igualdad para todos los ciudadanos. Es revelador que, constituyendo un gran avance incluso respecto de la Constitución tunecina, dicha declaración no contenga ninguna referencia al Islam o a cualquier otra religión. No obstante, la RSF seguirá existiendo, aunque supuestamente bajo el control del ejército regular.

Algunas tendencias izquierdistas rechazaron el compromiso. Algunas también señalaron que había pocas mujeres entre los líderes participantes en la ceremonia de firma, en contraste con la gran proporción de mujeres que había formado parte en la revolución hasta ese momento.

Sin embargo, el nuevo gabinete incluyó finalmente cuatro mujeres, y una de ellas, Asma Mohamed Abdallah, fue nombrada ministra de relaciones exteriores. El escritor Jamal Mahjoub señaló cómo la inclusividad del nuevo gobierno contrastaba con la manipulación por parte de Bashir de las diferencias regionales y étnicas para mantenerse en el poder: “La unidad es la clave del éxito de la revolución. Los prejuicios y las barreras sociales basadas en la clase, la raza y el género deben ser derribados y sustituidos por un principio de ciudadanía. La cuestión de la desigualdad [económica], el verdadero motor de la revolución, debe ser confrontada de raíz desde ahora en el plano institucional y tratada mediante cambios profundos y una verdadera inclusión” (“Pour éviter le désastre”, Le Monde, 20-21 de octubre de 2019).

¿Cuál es el próximo paso para el Sudán?

En una entrevista reciente, el Primer Ministro posrevolucionario Abdallah Hamdok señaló que hacer la paz con los grupos étnicos rebeldes era una prioridad máxima, en contraste con la estrategia de demagogia racista y represión de Bashir. Hamdok también observó con amargura que los Estados Unidos todavía no han levantado sus sanciones contra el Sudán como patrocinador del “terrorismo”, ello a pesar de la caída de Bashir y de la transición democrática en marcha.

No obstante, Hamdok también demostró la limitada visión de su programa, básicamente liberal, al hablar de la reducción del sector público mediante el recorte del presupuesto del aparato de seguridad militar y el cierre de las empresas estatales corruptas e ineficientes, que sin duda son muchas. Pero ni siquiera se percibió el aroma de la socialdemocracia, y mucho menos del socialismo, en sus palabras sobre el capitalismo: “hay que crear un entorno favorable al desarrollo del sector privado, esencial para la creación de empleo” (“Les sanctions américains asfixiant le Soudan”, entrevista con Abdallah Hamdok, Le Monde, 2 de octubre de 2019).

Este tipo de cosas, como señala Emma Wilde Botha, apunta a una división entre los millones de personas que se levantaron en 2019, entre una dirección en gran parte de clase media y las dimensiones de clase, étnicas y de género del país:

La retórica movilizadora de la APS derivó de la effendya del Sudán, una ideología nacionalista de la pequeña clase de sudaneses que fueron educados para ocupar las filas de la administración pública durante el colonialismo y que fueron preparados para el gobierno poscolonial. Este marco era demasiado estrecho para hablar de la diversidad del pueblo sudanés y reimaginar un Sudán que abarcara a todos, más allá de las líneas étnicas, raciales y religiosas. Los lemas dominantes de “paz, libertad y justicia” y “madaniya” (civil) no logran unir las demandas políticas con las demandas de clase en un momento propicio para un mensaje revolucionario. En lugar de basarse en marcos alternativos de la clase obrera o del movimiento feminista, la APS apeló a los derechos y libertades universales de los ciudadanos, utilizando un lenguaje que no es incompatible con el Estado neoliberal. El hecho de no poner en el centro las demandas de la clase trabajadora y de plantear implícita o explícitamente consignas revolucionarias puede explicar en parte por qué los barrios periféricos de Jartum de personas pobres y desplazadas no se unieron a las protestas con el mismo entusiasmo que los barrios de clase media” (“The Revolution has emerged: Sudan’s Acute Contradictions”, Review of African Political Economy, 5 de septiembre de 2019).

Pero, al mismo tiempo que observamos las profundas contradicciones dentro del movimiento que derrocó a Bashir y llegó a un compromiso con los militares, también necesitamos ver al Sudán en el espejo de la Historia una vez más. El año 2019 nos ha mostrado un nuevo tipo de revolución en un país que se encuentra en la encrucijada de dos regiones con largas historias de lucha por la emancipación humana, el África subsahariana y el mundo árabe. Liderado por la juventud, un pueblo ha despertado y ha luchado por su liberación, enfrentándose a un régimen que ha llevado a cabo un claro genocidio. En profunda contradicción dialéctica con el régimen islamista-militarista de Bashir, los revolucionarios han abrazado, por millones, la democracia, la justicia económica, la justicia para las minorías étnicas y los derechos de la mujer. Es un comienzo sólido y un faro para la región y el futuro. Al mismo tiempo, los riesgos son enormes, ya que las viejas fuerzas, tanto nacionales como internacionales, están esperando su oportunidad para derribar y aplastar la revolución.

1 NdT: En inglés feeder marches. Se trata de varias columnas que acaban convergiendo en un mismo punto. Afluentes de una macha principal.

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